“A mi padre le está pasando algo…”

Una historia conocida.

(Fragmento de “El Alzheimer, día a día”)

“Hoy acompañé a mi padre al médico. Me he decidido después de lo que ha pasado últimamente. Al principio no le di importancia, o tal vez no quise verlo. Cuando se paraba en seco en medio de una frase y dudaba al elegir las palabras pensé que eran cosas de la edad, que ya se estaba haciendo mayor, aunque en realidad sólo tenía 68 años y siempre había sido una persona muy activa. De todas formas, después de su jubilación y de la muerte de mi madre, lo cierto es que había pegado un bajón. A mí me parecía lógico, por esas circunstancias, pero creí que ya se le iría pasando y no le di mayor importancia.

Pero el otro día me asusté cuando llegué a casa y él no estaba allí como de costumbre. Al cabo de varias horas y ya entrada la noche, comencé a llamar a los hospitales. Ninguno había tenido un ingreso con aquel nombre. Eso me tranquilizó y ya pensaba avisar a la policía, cuando sonó el timbre de la puerta. Era mi padre acompañado de una vecina que le había encontrado en la calle. A duras penas pudo entender lo que decía y viéndole desorientado le trajo a casa.  El pobre hombre  estaba casi más asustado que yo, pero poco a poco se fue tranquilizando al verse ya en su casa, y logré que tomase algo para cenar. Sin embargo eso me hizo decidir y llevarle a consulta enseguida.

El médico ha diagnosticado esta mañana una demencia tipo Alzheimer y le ha mandado ir a un especialista para valorar su estado.”

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“Durante estos días he estado bastante preocupada con lo de mi padre. Yo no había oído en mi vida el nombre ese de Alzheimer y pensaba que los dementes eran sencillamente los locos, por eso me asusté más todavía. No sabía que hacer y fui preguntando primero a las amigas. Cada uno me decía una cosa, hasta que Clara sentenció, mira, lo mejor es que preguntes a quien más sabe de esto porque si no, entre unos y otros, la que te vas a volver loca eres tu. Por eso esperaba impaciente la consulta con el especialista.

Siempre me he tenido por una persona fuerte, a la que le ha gustado encarar los problemas de frente, así que se lo dije de cara: “Doctor, dígame lo que tiene mi padre sin paños calientes…”. Le debió de gustar aquello porque le miró durante bastante tiempo. Fue haciéndole preguntas sencillas, que si la fecha, que si el nombre de los hijos…, la verdad es que a mí me daban ganas de responder por él, de ayudarle, y me iba poniendo cada vez más nerviosa cuando veía los errores tan grandes que cometía al no saber responder a cuestiones tan simples y pensé que estaba bastante peor de lo que en principio había pensado. Cuando acabó la consulta mandó salir a mi padre y se quedó sólo conmigo. Entonces me fue explicando a grandes rasgos en qué consistía esa enfermedad: Que era un proceso largo, que cada vez iría a más, que los tratamientos consistían, hoy por hoy, en retrasar el avance y mejorar la calidad de vida del paciente y que contaba con su ayuda para cualquier duda o problema que surgiese, pero que debería estar preparada. También me aconsejó que me pusiese en contacto con la Asociación de Familiares de Enfermos Alzheimer (AFA) más próxima y me dio el número de teléfono. En general he salido más tranquila porque al menos ya conozco el problema, pero creo que todavía me falta ordenar las ideas”.

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“Hoy quedé a tomar café con Mila y Luis, que son de la directiva de AFA. Es gente maja y la verdad es que después de hablar con ellos, todo me parecía más fácil. Me dijeron cómo debía preparar la casa para evitar accidentes, y la manera de hablarle, con frases cortas, comprobando que me había entendido, y sobre todo me aconsejaron dar todos los días un paseo con él. También insistieron en que no quisiera hacerlo todo yo, que buscase ayuda, y que cuando me notase cansada o deprimida podía contar con ellos y con los técnicos de la Asociación. En fin, que salí contenta de aquella charla, y sobre todo con la sensación de estar acompañada en éste viaje”.

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“Esta tarde he asistido a la primera reunión con los de la Asociación. Por cierto que me llevé una alegría porque conocía a dos o tres y enseguida entré en conversación. Lo primero que supe fue que esa enfermedad era más común de lo que yo pensaba. Prácticamente todos teníamos los mismos problemas y había gente que había puesto en práctica soluciones realmente originales.

En esos momentos la Asociación lucha por encontrar un lugar adecuado donde poder atender a los familiares durante un período de tiempo suficiente para poder ir a trabajar tranquilos, y que al mismo tiempo les hicieran algún tipo de rehabilitación, que por lo menos ayudase a mantener en forma a los afectados. Un Centro de Día, creo que le llaman.

He decidido quedarme con ellos, así que rellené la ficha de asociada. Otra vez volví a sentir la sensación agradable de no estar  sola e impotente ante esta aventura. También me ha ayudado mucho la reacción de mi hermano y su mujer, que fue mejor de lo que pensaba. Mi cuñada sabía algo de la enfermedad por un abuelo suyo que dicen que si también tenía Alzheimer. Ellos quieren colaborar y piensan hacerse de la Asociación.

Ahora tengo una conciencia bastante clara de las necesidades de estos enfermos y de todo lo que queda por hacer. Por primera vez también empiezo a aceptar que mi padre no se recuperará nunca, aunque a veces parece como si quisiera encontrarle mejor. Sobre todo empiezo a sentir que puedo serle útil, que puedo ayudarle a disfrutar, aunque sólo sea un poco, de sus últimos días.

No sabría explicarlo muy bien, pero creo que ha nacido en mi una esperanza”.

 

 

 

Este es un extracto del libro
“El Alzheimer, día a día”

Disponible en esta página web

 

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